Hotel abandonado sirve de albergue para deportados que viven en la indigencia

Imagen de varias personas que residen en un hotel abandonado en Mexicali (México) que hace algunos meses el grupo en defensa de los migrantes e indigentes "Ángeles sin Fronteras" rentó con la idea de renovarlo y proveer refugio para el creciente número de Imagen de varias personas que residen en un hotel abandonado en Mexicali (México) que hace algunos meses el grupo en defensa de los migrantes e indigentes "Ángeles sin Fronteras" rentó con la idea de renovarlo y proveer refugio para el creciente número de

Imagen de varias personas que residen en un hotel abandonado en Mexicali (México) que hace algunos meses el grupo en defensa de los migrantes e indigentes "Ángeles sin Fronteras" rentó con la idea de renovarlo y proveer refugio para el creciente número de

Muchos inmigrantes deportados que llegan a las ciudades fronterizas de México no encuentran la manera de subsistir y se vuelven indigentes, por lo que el grupo Ángeles sin Fronteras ha creado cinco refugios para darles una nueva oportunidad e intentar alejarlos de las drogas y la depresión.El último de ellos es un hotel construido en Mexicali (México) en la década de los cincuenta y que ha permanecido abandonado durante años hasta que hace algunos meses este grupo en defensa de los migrantes e indigentes lo rentó con la idea de renovarlo y proveer refugio para el creciente número de indigentes.Este edificio de 50 cuartos y llamado "El Cinco", por ser el quinto inmueble usado para este fin por Ángeles sin Fronteras, acoge provisionalmente a unas 60 personas.Una de ellas es Pablo Hernández, de 26 años y que vive en un cuarto iluminado por una sola vela en el que apenas hay un pedazo de cartón y una cobija, que usa como colchón y almohada, respectivamente, un montón de basura y una jeringa vacía.Hernández, quien vivió indocumentado en Estados Unidos desde que tenía 2 años hasta que fue deportado hace un año, ha encontrado refugio en este inmueble semiabandonado en la zona roja de Mexicali.Lejos de su familia en Texas, Hernández vive una batalla creciente contra la depresión y el abuso de las drogas."No sé cómo llegué aquí, cómo caí en el uso de las drogas", dijo a Efe Hernández. "Solamente quiero otra oportunidad para regresar con mi familia".Este inmigrante lamentó su suerte, aunque agradeció que, al menos, tiene un sitio donde quedarse, "aunque sea un lugar así".Mexicali, al igual que otras ciudades fronterizas, ha vivido un incremento drástico en la llegada de deportados desde EE.UU..Muchos de ellos han vivido en Estados Unidos la mayor parte de su vida, pero al tener que regresar terminan viviendo en la calle, cometiendo delitos, cayendo en la depresión y el uso de las drogas al verse incapaces de regresar al norte y sin lugar al que ir en México.Las condiciones son difíciles en "El Cinco". No hay electricidad, agua potable o baños y sus residentes sobreviven con dinero que ganan lavando automóviles o gracias a la limosna.Sergio Tamai, de Ángeles sin Fronteras, espera que en los próximos meses puedan recuperar el servicio de electricidad y agua y planea organizar de alguna manera a la gente que reside en el edificio."Hay que ayudarlos para que ellos pueden desarrollarse. Tienen un gran potencial y queremos demostrar que no todos son delincuentes y que pueden aportar algo a la sociedad", dijo a Efe Tamai.Antonio Martínez, de 53 años, es encargado de piso y llegó a "El Cinco" después de vivir como indocumentado en Estados Unidos desde que era adolescente hasta que fue deportado hace dos años. Atrás dejó a su esposa, seis hijos y diecisiete nietos.Su esposa, Sandy Valenzuela, de 42 años y ciudadana estadounidense, recientemente se mudó con varios de sus hijos desde Utah a un pueblo fronterizo en territorio estadounidense para estar cerca de su marido, al que visita cada dos semanas.Martínez coordina un pequeño grupo de voluntarios que se han afiliado a la organización Ángeles sin Fronteras a cambio de comida y alojamiento.Ellos mantienen un registro de gente que entra y sale del edificio, trapean el suelo con agua que obtienen de una tubería en la calle y ocasionalmente limpian y retiran las heces del cuarto del final del pasillo que se ha convertido en el improvisado baño."Cuando recién llegamos, estaba todo lleno de basura, en todas partes, un verdadero basurero. Trabajamos mucho para limpiar este lugar y todavía nos falta", dijo a Efe Martínez. "Yo tengo suerte porque tengo el apoyo de mi familia, mucha gente aquí está pérdida, y me alegra que puedo ayudar en lo que pueda".

Muchos inmigrantes deportados que llegan a las ciudades fronterizas de México no encuentran la manera de subsistir y se vuelven indigentes, por lo que el grupo Ángeles sin Fronteras ha creado cinco refugios para darles una nueva oportunidad e intentar alejarlos de las drogas y la depresión.El último de ellos es un hotel construido en Mexicali (México) en la década de los cincuenta y que ha permanecido abandonado durante años hasta que hace algunos meses este grupo en defensa de los migrantes e indigentes lo rentó con la idea de renovarlo y proveer refugio para el creciente número de indigentes.Este edificio de 50 cuartos y llamado "El Cinco", por ser el quinto inmueble usado para este fin por Ángeles sin Fronteras, acoge provisionalmente a unas 60 personas.Una de ellas es Pablo Hernández, de 26 años y que vive en un cuarto iluminado por una sola vela en el que apenas hay un pedazo de cartón y una cobija, que usa como colchón y almohada, respectivamente, un montón de basura y una jeringa vacía.Hernández, quien vivió indocumentado en Estados Unidos desde que tenía 2 años hasta que fue deportado hace un año, ha encontrado refugio en este inmueble semiabandonado en la zona roja de Mexicali.Lejos de su familia en Texas, Hernández vive una batalla creciente contra la depresión y el abuso de las drogas."No sé cómo llegué aquí, cómo caí en el uso de las drogas", dijo a Efe Hernández. "Solamente quiero otra oportunidad para regresar con mi familia".Este inmigrante lamentó su suerte, aunque agradeció que, al menos, tiene un sitio donde quedarse, "aunque sea un lugar así".Mexicali, al igual que otras ciudades fronterizas, ha vivido un incremento drástico en la llegada de deportados desde EE.UU..Muchos de ellos han vivido en Estados Unidos la mayor parte de su vida, pero al tener que regresar terminan viviendo en la calle, cometiendo delitos, cayendo en la depresión y el uso de las drogas al verse incapaces de regresar al norte y sin lugar al que ir en México.Las condiciones son difíciles en "El Cinco". No hay electricidad, agua potable o baños y sus residentes sobreviven con dinero que ganan lavando automóviles o gracias a la limosna.Sergio Tamai, de Ángeles sin Fronteras, espera que en los próximos meses puedan recuperar el servicio de electricidad y agua y planea organizar de alguna manera a la gente que reside en el edificio."Hay que ayudarlos para que ellos pueden desarrollarse. Tienen un gran potencial y queremos demostrar que no todos son delincuentes y que pueden aportar algo a la sociedad", dijo a Efe Tamai.Antonio Martínez, de 53 años, es encargado de piso y llegó a "El Cinco" después de vivir como indocumentado en Estados Unidos desde que era adolescente hasta que fue deportado hace dos años. Atrás dejó a su esposa, seis hijos y diecisiete nietos.Su esposa, Sandy Valenzuela, de 42 años y ciudadana estadounidense, recientemente se mudó con varios de sus hijos desde Utah a un pueblo fronterizo en territorio estadounidense para estar cerca de su marido, al que visita cada dos semanas.Martínez coordina un pequeño grupo de voluntarios que se han afiliado a la organización Ángeles sin Fronteras a cambio de comida y alojamiento.Ellos mantienen un registro de gente que entra y sale del edificio, trapean el suelo con agua que obtienen de una tubería en la calle y ocasionalmente limpian y retiran las heces del cuarto del final del pasillo que se ha convertido en el improvisado baño."Cuando recién llegamos, estaba todo lleno de basura, en todas partes, un verdadero basurero. Trabajamos mucho para limpiar este lugar y todavía nos falta", dijo a Efe Martínez. "Yo tengo suerte porque tengo el apoyo de mi familia, mucha gente aquí está pérdida, y me alegra que puedo ayudar en lo que pueda".

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